APUNTE MITOLÓGICO

dioniso en alta mar

viernes 03 de mayo de 2013

 

 

copa de exequias dioniso

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Exequias (Atenas, entre 550 a. C. y 525 a. C.). Copa de vino (kílix) de Dioniso.

 

“En la copa de Exequias, Dioniso navega en alta mar. Único ocupante del barco que lo transporta, es, a todas luces, su piloto. Ninguna mano, sin embargo, sostiene el timón, que flota abandonado sobre las aguas. El dios no se comporta como un marino. Recostado, apoyado sobre un codo, con un cuerno para beber en la mano, mantiene la postura típica de quien toma parte en un banquete. El barco, cuya forma remite tanto a un pez como a un lecho de banquete, se confirma en su ambivalencia por otro signo más, sorprendente: de su centro surgen simultáneamente el mástil con la vela y una vid prodigiosa. Doble por más de un rasgo, el barco divide la copa en dos partes: la de la vid por arriba, la del mar por debajo. Más que oponerse los espacios se responden en una simetría perfecta. La vid se expande en una extensión que corresponde exactamente a la longitud del navío. De sus ramas penden siete racimos gigantescos cuyo tamaño rivaliza con el de los siete delfines que les hacen pareja en la parte inferior. De entrada, resulta extraño que el mar no esté dibujado. Además, dos de los delfines están colocados tan alto que parecen nadar bajo el follaje de la vid. Decididamente, el pintor no quiso delimitar el espacio marino. Se esfuerza en señalar, por todos los medios, la interpenetración de los dos espacios que se manifiesta en el nivel de cada figura: la del dios, marino y participante en el banquete; la del navío-lecho-de-banquete; la del mástil y la vid que se elevan a lo largo del mismo eje; y, por último, la de los siete delfines, hijos del mar, que responden uno a uno a los racimos, hijos de la vid, cuyos pámpanos van a guarnecer.”

 

Maria Daraki (2005). Dioniso y la diosa tierra. Madrid: Ed. Abada.

 

 

 

Demasiado rápidamente afirmé en el último artículo que preferimos la vida elevada, el vuelo de pájaro al reptar de una serpiente.

 

Poco después reencontré la imagen de la copa de Exequias en la que el universo dionisíaco carece de cielo. No hay aves, ni estrellas ni sol. Ninguna referencia a la altura.

 

Recordándome que hay que cuidarse de las sentencias apresuradas, que cualquier afirmación, por muy verdadera que sea, conlleva la verdad de su opuesta. Así que aprovecho hoy para matizar nuestra natural preferencia por las alturas con la fascinación que ejercen sobre nosotros las profundidades.

 

Dioniso aparece en alta mar. Dios del elemento líquido. Las aguas (también el vino, en tanto que una de sus versiones) siempre anuncian profundidad. Emociones. Nunca altura. ¿Acaso no has experimentado el poder descendente de las emociones? ¿Nunca te ha, primero postrado, luego arrastrado, una emoción?

 

Mil y una noches de ebriedad no serían dionisíacas si no te hubieran comprometido con tus pasiones. También podría decirse que quien vive sanamente adherido a sus pasiones no necesita tanta ebriedad.

 

En términos psicológicos, ebriedad quiere decir cierta disolución de la conciencia, ese “abaissement du niveau mental” de Pierre Janet que Jung tomó prestado para describir los estados de conciencia permeables al influjo inconsciente. Podríamos decir: debilidad de conciencia. Conciencia vulnerable. Pero como cualquier debilidad nos resulta tan penosa, como es escuchar vulnerabilidad y cerrarnos en banda…

 

En cambio Dioniso aparece gozoso. Relajado. Vulnerablemente gozoso. Entregado al vaivén que le imponga el mar a su navío. Tendido, esta vez. En otras, adoptando la apariencia de una serpiente. Está claro que Dioniso, de haberle preguntado, hubiera preferido el reptar de los reptiles al vuelo de las aves. Y sigue alentándonos a descender. Que no seamos tan dignos, nos dice su cascabeleo.

 

Que una vida profunda sólo se alcanza sacrificando cierta dosis de dignidad.

 

Que tal vez nuestro único deber sea profundizar. Llegar al meollo de cualquier cuestión.

 

¿Pues qué prometen las profundidades? La vida de los piratas que quedó enterrada. Sus tesoros. Infinita riqueza. Una abundancia que no se agota, pues aquellas muertes fueron semillas de esta vida, y éstas lo serán de la futura. La posibilidad de regeneración. Un círculo incesante. Sólo si nos animamos a dejarnos terminar tal como nos conocemos.

 

Dioniso en la copa no sólo aparece como señor de un espacio, el de la profundidad. En el centro de la imagen, comunica dos espacios opuestos. La tierra y el mar. Lo agrario y lo marino. Dadores de frutos. Ambos fecundos. Nexo. Dioniso forma jugosos racimos paradojales con la singularidad de elementos distintos. Al servicio de semejante exuberancia, cuando se agota la superficie, Dioniso desciende a la profundidad y vuelve con nuevas semillas. ¿Quién no quiere sentarse a su mesa?

 

Precisamente hoy una paciente me describía, como concediéndome un ejemplo del dionisismo que yo barruntaba, aquellos días como “…la época en que yo cantaba, lloraba, reía y bebía…” Emoción y contraste.

 

Vuelvo a lanzar la pregunta: ¿ave o reptil?

 

¿Cómo no aspirar a que la vida sea tocada por la gracia de Dioniso? Corrijo “gracia”, que suena demasiado limpia y celestial para los significados dionisíacos, por “exhalación”. Los vapores de la tierra mojada que nos soporta. Humus fértil: lo conforma nuestra descomposición; su putrefacción conforma nuestro crecimiento. O el eructo rancio, por añejo, que cada ola le arranca al fondo del mar.

 

Aguas marinas… O humus, humedad, humilde, aunque compartan la misma raíz que hombre… sepamos que Dioniso nos ha introducido en territorio femenino…

 

 

 

Marta Sánchez Valenzuela
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